RESEÑA |
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Las
lenguas usko-mediterráneas vivas son el vasco y el bereber, esta
última muy dañada por la influencia del árabe.
Existen,
además, idiomas muertos como el ibérico-tartésico, el etrusco,
el lineal A cretense, el guanche, el egipcio y otros de oriente
próximo (hitita, eblita, elamita y sumerio).
Genéticamente todos los pueblos que hablaron estas lenguas están
emparentados. El pueblo griego no lo está y representa a gentes
llegadas a la zona mas recientemente (después de 2000 a. C.).
Los demás pueblos pertenecen a un sustrato mediterráneo mas
antiguo. Los contactos circummediterráneos por mar fueron
frecuentes en las últimas épocas glaciares e interglaciares y el
flujo genético, cultural y lingüístico fue también importante y,
ahora, demostrable.
Muchos
de estos pueblos engrosaron su inicial herencia genética y
cultural con grupos que, sin duda, emigraron desde el fértil
Sahara cuando se establecieron las condiciones hiperáridas
después de los 6000 años a. C.
La
extinción abrupta del idioma guanche en las Islas Canarias
refleja una lamentable historia de crueldad e incomprensión, por
parte de los conquistadores españoles, de cuyo alcance se ha
hablado poco. La traducción desde el vasco de las inscripciones
y nombres guanches restablece, en parte, la identidad perdida de
un pueblo con fuertes creencias religiosas y sólidas estructuras
sociales. Igualmente, la cultura bereber (Imazighen) olvidada
por la historia, silenciada y temida por el pan-arabismo
islámico, ha
sido puesta en esta obra en un contexto racional y regional,
resaltando su parentesco con los mediterráneos antiguos de la
orilla Norte y la Sur.
Finalmente, también se
ha contextualizado geográficamente el idioma y el patrimonio
genético egipcio de una manera sensata. Se ha comprobado, con la
ayuda de la lengua vasca, que los jeroglíficos egipcios son
fórmulas religiosas y fúnebres, resumidas en no mas de 500-600
palabras y se han detallado las pruebas genéticas que apoyan el
origen sahariano y sudanés del faraonato.